La sangre de mi madre y la mía, con Rh negativo y positivo, eran incompatibles. Nuestros cuerpos aprendieron a convivir como los parajes que el mar alcanza se amoldan a su ritmo. Tras varios ingresos en el hospital, ya en los últimos meses mi madre estaba tan debilitada que no era posible la supervivencia de las dos.

 

Pero entonces nuestros organismos empezaron a entenderse, así las células de nuestras sangres dejaron de atacarse. Como la constancia del mar que no encuentra límites, golpeando o tocando una y otra vez en su ir y venir, me empeñé en nacer.

Se llamará Mar. Eso dijo ella que me sintió dentro, azotarla y mecerme.

 

Mi nombre es Mar
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